Estado de Alarma

Como todos sabéis estamos atravesando una situación inédita en la historia reciente, donde tenemos que remontarnos a más de medio siglo para tener un escenario mínimamente comparable.

Atravesar una pandemia como esta del COVID19 obliga a una serie de compromisos.

Tenemos los obvios, como pueden ser los propios del sector médico, garantía de abastecimientos básicos, etc, pero también los tenemos hacia el ámbito privado.

Son estos últimos los que nos afectan a todos sin distinción. El confinamiento derivado de haber proclamado el estado de alarma es un deber social y ético. Podemos vislumbar que trasciende al ámbito personal, a esa libertad del individuo, porque tus actos (y las consecuencias derivados de los mismos) afectan a terceros.

Como no puede ser de otra forma nuestra Iglesia debe dar un ejemplo de solidaridad, de ayuda, de unidad, aunque paradójicamente eso signifique alejarnos un poco por el mero hecho de tener cerradas las puertas.

Pero eso no significa que nos hayamos ido, todo lo contrario. Es en estos momentos donde todo el mundo debe aportar su granito de arena.

Por un lado, mantener la distancia, es un requisito solicitado por las autoridades estatales, y por tanto de cumplimiento ineludible.

Pero igualmente mantener a nuestros hermanos unidos es de carácter obligado en una iglesia.

Por ello estamos proporcionando todos los medios para poder seguir unidos aún estando confinados. Hacemos uso intensivo de internet para poder establecer cultos telemáticos, reuniones por videoconferencia, y por qué no, chats grupales para poder estar un poco más cerca.

Van a ser unas semanas duras, donde se pondrá a prueba la paciencia, la calma, la mansedumbre, el amor de los unos por los otros.

Pero, ¿no son los valores más propugnados en la Biblia?

Es el momento de vivir la Palabra, y de tener fe.